jueves, 10 de enero de 2013

En un supermercado cualquiera

Hace no muchas semanas me enteré de que la hermana de alguien conocido había sido despedida de su trabajo en una famosa cadena de supermercados. El motivo no fue esta vez la crisis, sino la lejía.

A los trabajadores de éste (y supongo que de otros) supermercados se les pide que viertan lejía sobre los alimentos antes de tirarlos en el contenedor de basura cuando están caducados o tienen algún desperfecto que hace imposible su venta. Algunos empleados se niegan a hacerlo, y los que lo hacen son automáticamente despedidos. Aquí no hay objeción de conciencia posible.

Parece que los supermercados no quieren que la gente coja la comida del contenedor de la basura, no vaya a ser que esto les reste cuota de mercado. No es muy razonable pensar que alguien que se ve abocado a coger habitualmente comida de la basura, en caso de no poder cogerla de ahí sea obligado por fin (¡POR FIN!) a comprar la comida en el supermercado. Si no hay dinero, no hay dinero.

Puede que los supermercados piensen que un cierto porcentaje de la población que come de la basura tenga en realidad algo de dinero (poco) que prefiera utilizar en otra cosa, ¿pero es realmente la solución estropear intencionadamente los alimentos antes de desecharlos?

A mí ya me parece mal tirar la comida a la basura, aún sin estropearla deliberadamente, sabiendo que hay gente que la coge (incluso en condiciones tan antihigiénicas). Es degradante propiciar que otros seres humanos se alimenten de entre nuestros despojos.

La comida no se tira. Lo que deberían hacer los supermercados es dejarla donde quien la necesitase de verdad la pudiese coger sin tener que nadar entre la porquería. Pero entonces, evidentemente, podría haber quienes quisiesen aprovecharse. Algunos potenciales clientes del supermercado a los que no les importase demasiado la fecha de caducidad cogerían comida gratis sin gastar su preciosa guita en el comercio. La solución sería pactar con Cáritas, los bancos de alimentos o cualquier asociación que recogiese la comida y la repartiera entre los necesitados: quien va a pedir comida a Cáritas no tiene para comprarla en el supermercado, así que esta opción no perjudicaría a las grandes superficies.

Es obsceno y de una falta total de humanidad, de un egoísmo atroz, de gran mezquindad... dejar morir de hambre a personas que necesitan comer mientras hay comida para tirar.

También resulta irónico, por otra parte, que las grandes superficies, que controlan los oligopolios de circulación de alimentos, sean en parte causantes de la crisis que vivimos por inflar el precio de la comida (a los productores -granjeros, ganaderos, agricultores-  les llega una ridícula parte del precio final del producto). Empobrecen al productor, empobrecen al consumidor (obligado a pagar altos precios), pero les molesta ver rebuscar en su basura a las víctimas esta forma de actuar. Mira que es desagradable.

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